Ahogado en anarquía, sumido en un caos casi irremediable, el pueblo venezolano sobrevive a condiciones insensatas de vida, ilógicamente autoimpuestas por culpa de un conformismo corrosivo y una cobardía colectiva que, lamentablemente, pareciesen ser parte indefectible de nuestro código genético.
En el pasado, quedaron plasmados los logros de Miranda, Sucre y Bolívar, por citar sólo algunos. Las gloriosas metas alcanzadas por esos ilustres personajes, realizadas bajo un contexto histórico único, fueron impulsadas con ímpetu, gracias a la pasión y al amor que sentían por su país, pero al parecer, nada de eso fue heredado por las generaciones siguientes. Cada uno de ellos pensaba en el colectivo, en el bien común, en el fortalecimiento de las bases fundamentales de un país que fue visto por esos héroes como especial, por sus mismas características, por el valor de su gente, porque a fin de cuentas, eso es lo que hace a un país, su gente. Empero, Miranda, fue el más pragmático, tal vez hasta el más realista de todos ellos, al afirmar en un momento preciso y decisivo de nuestra historia, de forma severa y acertada, una frase que hasta hoy, en nuestros días, es la mejor manera de describir a nuestro país: “Venezuela es bochinche, bochinche y más bochinche”
La inconforme visión de mi país, se sustenta, no en matrices de opinión preestablecidos, sino en hechos palpables que denotan desdén, desorden y como precisé al comienzo de este escrito, en un caos por poco dantesco, inherente en casi todos los nativos de estos lares, por esta razón no me concentro en hacer sólo una crítica, como de costumbre, al Gobierno de turno, ya que, en principio, se debe tener en cuenta que los políticos son espejo del pueblo, reflejo de la gente que los elige, por ende, nuestro Gobierno actual es obviamente caótico y dejado, populista y corrupto, como lo han sido cada uno de sus predecesores. El Gobierno es como el pueblo y viceversa.
Durante casi cincuenta años, sólo hemos sido vulgares herramientas para la toma del poder de un pequeño grupúsculo de ladrones, y lo peor, hemos estado conscientes de ello en cada oportunidad. No obstante, vivimos en un oscurantismo absurdo, promovido en su momento por un movimiento aluvional impulsado por una necesidad social de cambios extremos. Por vez primera, el pueblo puso todas las cartas sobre la mesa, sin detenerse a pensar antes en las consecuencias que traería una jugada de tal magnitud, jugada que nos encerró en un laberinto asfixiante desde cualquier óptica posible, pero nuestros genes caribeños nos tranquilizan. Si se tiene un problemita nos vamos a la playita, con las cervecitas y listo. Dios nos ayudará. Somos un pueblo chévere.
El venezolano puede vivir mal, pero tiene Directv, y cuando se le cae su ranchito, no pide, exige al Gobierno que le regale la casita. Un buhonero gana mensualmente más que un profesional, y a pesar de laborar en algo obviamente ilícito, exige derechos a padre Gobierno, por supuesto, el padre de la criatura le otorga derechos a su hijo.
El venezolano de “a pie” no tiene acceso a los derechos sociales primordiales, como lo son la salud, la educación o la seguridad, por citar sólo algunos. Todavía disfrutamos de las estructuras desarrolladas por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, erigidas hace más de cuarenta años, eso sí, olvidémonos del mantenimiento respectivo, es muy costoso, verbigracia, el viaducto 1 de la autopista Caracas – La Guaira. No importa, nosotros seguimos de rumba.
Para complementar esta tragicomedia, tenemos a un gorilita de presidente, un militar que sufrió el "Delirio sobre el Chimborazo", y cree ser el Libertador de América, y para lograr tan heroica hazaña se hizo “pana” de Fidel Castro, el “Tiranosaurio del Comunismo”. Todo bien, mientras el teniente coronel recorre los pasos de Bolívar, la corrupción desbordada hunde a Venezuela. No importa, nosotros seguimos de pachanga.
Como lo señalé en líneas anteriores, es fácil criticar al Gobierno, ojalá ese fuese el epicentro del dilema. Lamentablemente no es así. El principal enemigo del venezolano es el venezolano mismo.
Nuestra idiosincrasia posee elementos de valor únicos y envidiables por habitantes de otros países, principalmente del primer mundo, sin embargo, esos alemanes, noruegos o fineses, esos “gringos”, ingleses, suecos o japoneses, llevan tatuado en su razón de ser, la cultura del orden, del desarrollo, del avance, del fortalecimiento social, gracias a una relación empírica de muchos años. Es verdad, en esos pueblos predomina el individualismo, pero aunque suene contradictorio, ese individualismo, trabaja en función de un colectivo, de una sociedad. En nuestra patria, por el contrario, reina el egoísmo y el bochinche, siempre el bochinche. Hoy más que nunca, preside lo inverso, lo bizarro.
Luis Flores
miércoles, 12 de agosto de 2009
viernes, 12 de junio de 2009
REFUGIARSE EN UNA BOTELLA
Tomarse un par de tragos después de un fuerte día de trabajo, es, tal vez, una de las recompensas más agradables, más aún, si esta actividad es realizada con algunos viejos amigos o compañeros de labor.
Se debe reconocer que el alcohol puede llegar a ser un elemento de gran importancia en la interacción social. De hecho, es frecuente ver en las reuniones o fiestas la presencia de bebidas espirituosas de diferentes “calibres”, que son capaces de lograr una mayor “fluidez” en el comportamiento de, incluso, el más recatado. Obviamente, esto es relativo.
La bebida está presente en todo el mundo; es fácil imaginarse a empresarios nipones cerrando tratos trascendentales con varias botellas de sake de por medio, y ni hablar de las tabernas escocesas, irlandesas o alemanas, en las que la cerveza es la reina indiscutible. No obstante, países como Finlandia tienen graves problemas con la ingesta excesiva de alcohol, de hecho, esa es una las primeras causas de muerte en el país nórdico.
En Venezuela no estamos exentos de la ingesta alcohólica. En Caracas, durante los fines de semana, es muy frecuente ver como las licorerías son atiborradas de personas sedientas de licor. Si no hay oportunidad de beber en un local o en el hogar, no importa, la calle es también un sitio apropiado para tomarse unos tragos. ¿Quién no ha visto más de un Corsa, Machito o Yaris con la maleta desplegada, repleta de botellas y hielo en las cercanías de estos locales?
Esta actividad es común en cada esquina, y se acentúa los días viernes de quincena en las zonas más depreciadas de la capital, aunque este hecho puede abarcar cualquier área de Caracas, sin importar estrato socioeconómico. Es una actividad “religiosa” y casi “deportiva”, que implica la ingesta alcohólica de hombres y mujeres por igual y un intercambio de ideas que habitualmente acaricia lo baladí.
La bebida también representa una especie “catalizador” en las zonas más humildes de Venezuela. No importa la hora o el día, la cervecita puede ser ingerida en el almuerzo, después del trabajo o incluso en horas de la mañana, bien sea viernes, domingo, martes o jueves. Cualquier excusa es válida. Fulminar la ganancia de un día de trabajo en licor es, para los más pobres, irrelevante.
El alcohólico utiliza la bebida como válvula de escape. Es su refugio ante una realidad espantosa que lo acosa día y noche. Es su escondite. Proyectar este problema de carácter individual a una sociedad entera, es labor propia de un sociólogo.
Aunque no soy especialista en la materia, me aventuro a opinar que para un gran porcentaje de venezolanos, es muy importante beber. No se trata sólo de facilitar la interacción social. Va más allá. Se trata de huir momentáneamente de todo lo que nos rodea, porque es evidente que nuestra realidad social y política es antagonista a la de países como Alemania, Escocia, Irlanda o incluso Finlandia.
Ausencia total del Estado de Derecho que se traduce en anarquía absoluta; en la actualidad, esto es Venezuela. Chávez es sólo la punta de iceberg. De nada vale sacarlo del poder si aún mantenemos la misma actitud inconsciente, irresponsable e indiferente ante nuestro entorno, que más allá de camionetotas y carrotes, se hunde en un comunismo mohoso y jurásico. El licor sólo nos ayudará a escapar de forma transitoria; al día siguiente todo será igual o peor, con un agregado: dolor de cabeza.
Definitivamente, no es buena época para embriagarse y estar alegres de forma transitoria. Cuando despertemos de esta pesadilla, tendremos excusas de sobra para beber, pero por ahora, nuestro país espera por nosotros. Es apropiado recordar que la ignorancia también puede ser sinónimo de felicidad.
Se debe reconocer que el alcohol puede llegar a ser un elemento de gran importancia en la interacción social. De hecho, es frecuente ver en las reuniones o fiestas la presencia de bebidas espirituosas de diferentes “calibres”, que son capaces de lograr una mayor “fluidez” en el comportamiento de, incluso, el más recatado. Obviamente, esto es relativo.
La bebida está presente en todo el mundo; es fácil imaginarse a empresarios nipones cerrando tratos trascendentales con varias botellas de sake de por medio, y ni hablar de las tabernas escocesas, irlandesas o alemanas, en las que la cerveza es la reina indiscutible. No obstante, países como Finlandia tienen graves problemas con la ingesta excesiva de alcohol, de hecho, esa es una las primeras causas de muerte en el país nórdico.
En Venezuela no estamos exentos de la ingesta alcohólica. En Caracas, durante los fines de semana, es muy frecuente ver como las licorerías son atiborradas de personas sedientas de licor. Si no hay oportunidad de beber en un local o en el hogar, no importa, la calle es también un sitio apropiado para tomarse unos tragos. ¿Quién no ha visto más de un Corsa, Machito o Yaris con la maleta desplegada, repleta de botellas y hielo en las cercanías de estos locales?
Esta actividad es común en cada esquina, y se acentúa los días viernes de quincena en las zonas más depreciadas de la capital, aunque este hecho puede abarcar cualquier área de Caracas, sin importar estrato socioeconómico. Es una actividad “religiosa” y casi “deportiva”, que implica la ingesta alcohólica de hombres y mujeres por igual y un intercambio de ideas que habitualmente acaricia lo baladí.
La bebida también representa una especie “catalizador” en las zonas más humildes de Venezuela. No importa la hora o el día, la cervecita puede ser ingerida en el almuerzo, después del trabajo o incluso en horas de la mañana, bien sea viernes, domingo, martes o jueves. Cualquier excusa es válida. Fulminar la ganancia de un día de trabajo en licor es, para los más pobres, irrelevante.
El alcohólico utiliza la bebida como válvula de escape. Es su refugio ante una realidad espantosa que lo acosa día y noche. Es su escondite. Proyectar este problema de carácter individual a una sociedad entera, es labor propia de un sociólogo.
Aunque no soy especialista en la materia, me aventuro a opinar que para un gran porcentaje de venezolanos, es muy importante beber. No se trata sólo de facilitar la interacción social. Va más allá. Se trata de huir momentáneamente de todo lo que nos rodea, porque es evidente que nuestra realidad social y política es antagonista a la de países como Alemania, Escocia, Irlanda o incluso Finlandia.
Ausencia total del Estado de Derecho que se traduce en anarquía absoluta; en la actualidad, esto es Venezuela. Chávez es sólo la punta de iceberg. De nada vale sacarlo del poder si aún mantenemos la misma actitud inconsciente, irresponsable e indiferente ante nuestro entorno, que más allá de camionetotas y carrotes, se hunde en un comunismo mohoso y jurásico. El licor sólo nos ayudará a escapar de forma transitoria; al día siguiente todo será igual o peor, con un agregado: dolor de cabeza.
Definitivamente, no es buena época para embriagarse y estar alegres de forma transitoria. Cuando despertemos de esta pesadilla, tendremos excusas de sobra para beber, pero por ahora, nuestro país espera por nosotros. Es apropiado recordar que la ignorancia también puede ser sinónimo de felicidad.
Luis Félix Flores P.
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