Aunque parezca insensato, en
estos tiempos de escasez, pobreza, tristes navidades y anomia absoluta, aún se
escuchan en la calle algunos gritos de “Viva Chávez”. En la actualidad, los
seguidores del “Comandante Gigante Eterno Hipergaláctico” son obvia minoría,
pero el nexo emocional con el difunto sigue vigente, y si la oposición es hoy
mayoría, se debe a que muchos chavistas (los de la calle) no simpatizan con
Maduro. ¿Pero que lleva a un gran porcentaje de venezolanos a extrañar a un
señor que destruyó la estructura democrática (defectuosa, sí, pero democrática al
fin y al cabo) y el tejido social de Venezuela?
Aunque la psicología social no es
mi especialidad, me atrevo a decir que tras esa necedad y fanatismo absurdo subsiste un gran
resentimiento social (defecto inherente en nuestra “sociedad” desde los tiempos
de independencia). Obviamente, dicho sentimiento se ancló en un
andamiaje de ignorancia que se consolidó en los inicios de la “4ta República”.
Ese chavista ciego intelectualmente, guarda mucha rabia contra determinados
sectores de la sociedad venezolana. Puede tener hambre, hacer colas por todo y
tener poco dinero en los bolsillos; puede sufrir los azotes del hampa y recibir
poco o nada del Gobierno rojo, pero nunca dejará de gritar “Viva Chávez”,
porque su rencor es más fuerte que todo. Se trata simplemente de envidiar lo
que no pudo lograr por injusticias sociales o simple incapacidad. De hecho, las
actuales políticas gubernamentales han centrado sus esfuerzos en regalar desde
títulos académicos “express”, hasta apartamentos, carros y neveras. Se trata de
obsequiar estatus, de llenar los grandes vacíos causados por ese resentimiento.
Chávez, sin lugar a dudas, era un
gran resentido social y su conexión emocional con los sectores más desposeídos
se basó en un “efecto espejo”, en el que los seguidores se veían reflejados en
su líder (desde todo punto de vista, incluso físicamente). Aquella campaña de “Chávez
es el pueblo” no fue casualidad.