domingo, 17 de febrero de 2013

Crónica de una maldición

El 31 de julio de 1914 Venezuela cambió para siempre. Ese día, los técnicos de la Caribbean Petroleum Company (antigua Shell) perforaron el pozo Zumaque – 1, acontecimiento que sin duda alguna, redefinió el destino del país. Este hecho se haría más palpable después de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez,  quien mantuvo a la nación estancada bajo una mentalidad rural, primitiva, que de una forma u otra  nunca sería superada.
El boom petrolero, por ende, la riqueza abrupta, tuvo el mismo efecto de un maletín repleto de dólares (no el de Antonini) en manos de un indigente.  La maldición de lo que Juan Pablo Pérez Alfonso llamó el  Excremento del diablo avanzó, tomó fuerzas y al parecer nadie  desea detenerla. Arturo Uslar Pietri lo advirtió en 1936 con su artículo Sembrar el Petróleo:
“Esta gran proporción de riqueza de origen destructivo crecerá sin duda alguna el día en que los impuestos mineros se hagan más justos y remunerativos, hasta acercarse al sueño suicida de algunos ingenuos que ven como el ideal de la hacienda venezolana llegar a pagar la totalidad del Presupuesto con la sola renta de minas, lo que habría de traducir más simplemente así: llegar a hacer de Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo, nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a una catástrofe inminente e inevitable…
Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del pueblo venezolano en condiciones excepcionales...
La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar, es la de transformar la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el campo, crear cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios para otros”.
Lamentablemente las palabras de Uslar Pietri fueron desatendidas. Los gobiernos de la Cuarta República  no sembraron el petróleo, por el contrario, incrementaron la dependencia en el excremento. La renta petrolera jamás fue utilizada para estimular la agricultura, repoblar e industrializar el campo.  Fue la antípoda; como lo advirtió el intelectual, el pueblo venezolano se convirtió en “parásito” de un producto finito, que sólo tenemos  gracias a la bondad de Dios.
La gente del campo no obtuvo mejoras en su calidad de vida, y las alternativas para optimizar sus estándares se ubicaron en  Caracas. La capital recibió venezolanos desde los cuatro puntos cardinales de la nación y el crecimiento de los cinturones de miseria fue paralelo. Con ello, polución, sobrepoblación, delincuencia, deterioro generalizado y paulatino de los servicios.

Asimismo, el desarrollo económico del  interior del país se limitó. La agricultura y la ganadería jamás tuvieron un desarrollo paralelo al de la producción petrolera.   
Aparentemente, este desenfoque fue intencional, ya que nunca hubo voluntad política para traducir la renta petrolera en un verdadero desarrollo económico-sistémico. Los gobiernos de turno sólo se interesaban en mantener el poder a través de sucias “estrategias políticas”. El populismo y clientelismo estuvieron a la orden del día al igual que la corrupción, mientras tanto, la ignorancia crecía entre miles de venezolanos. El axioma básico de mantener a la masa embrutecida para su fácil control se hizo patente. La propaganda y las promesas absurdas eran escuchadas con atención en el campo (casualmente, los antiguos estados bastiones de Acción Democrática ahora son chavistas).
Esta terrible situación se agravó con la llegada de Chávez en 1998. Actualmente, bajo el mandato inconstitucional  de unos cuatreros políticos, el precio del petróleo venezolano es de 108,75 dólares por barril. Vivimos la bonanza petrolera más pródiga de nuestra historia, pero hay situaciones anexas e inherentes: corrupción atroz, nuevos cinturones de miseria, devaluación de la moneda (que, tomando en cuenta el valor oficial, ha perdido su valor más de mil veces en la última generación). Además,  los venezolanos convivimos día a día con la escasez (20,4%), el racionamiento,  deterioro integral de la infraestructura a escala nacional (incluyendo el de la industria gasífera y petrolera – El Palito, Amuay), delincuencia bestial (Caracas ocupa la tercera posición en la lista de ciudades más peligrosas del mundo, mientras que Barquisimeto  alcanzó el noveno lugar. Ciudad Guayana es la número 20, Valencia la 31 y Maracaibo se ubica en la casilla 39 de la funesta tabla). El hampa reina en las cárceles y la anomia es absolutamente generalizada.
Obviamente, vivir en una nación petrolera ha sacado a relucir lo peor de nosotros. No hemos sido lo suficientemente inteligentes y responsables para manejar una riqueza que, más temprano que tarde,  llegará a su fin. Hoy día la voluntad política para aprovechar esta bonanza en favor del pueblo es nula. Es un círculo vicioso. Evidentemente, la ignorancia fue alimentada durante muchísimos años y el conformismo, la desidia e indiferencia ahora son las tablas de salvación en un triste contexto en el que apenas se sobrevive.  Bajo este escenario dantesco, ¿aún tendremos oportunidad de sembrar el petróleo?