El 31 de julio de 1914 Venezuela
cambió para siempre. Ese día, los técnicos de la Caribbean Petroleum Company (antigua
Shell) perforaron el pozo Zumaque – 1, acontecimiento que sin duda alguna, redefinió
el destino del país. Este hecho se haría más palpable después de la muerte del
dictador Juan Vicente Gómez, quien mantuvo
a la nación estancada bajo una mentalidad rural, primitiva, que de una forma u
otra nunca sería superada.
El boom petrolero, por ende, la
riqueza abrupta, tuvo el mismo efecto de un maletín repleto de dólares (no el
de Antonini) en manos de un indigente.
La maldición de lo que Juan Pablo Pérez Alfonso llamó el Excremento
del diablo avanzó, tomó fuerzas y al parecer nadie desea detenerla. Arturo Uslar Pietri lo
advirtió en 1936 con su artículo Sembrar
el Petróleo:
“Esta gran proporción de riqueza de origen destructivo crecerá sin duda
alguna el día en que los impuestos mineros se hagan más justos y remunerativos,
hasta acercarse al sueño suicida de algunos ingenuos que ven como el ideal de
la hacienda venezolana llegar a pagar la totalidad del Presupuesto con la sola
renta de minas, lo que habría de traducir más simplemente así: llegar a hacer
de Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo,
nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a una catástrofe
inminente e inevitable…
Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla
totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las
industrias nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya
de convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que
permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del
pueblo venezolano en condiciones excepcionales...
La única política económica sabia y salvadora que debemos practicar, es
la de transformar la renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura
científica y moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques,
construir todas las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la
irrigación y el defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el
campo, crear cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios para
otros”.
Lamentablemente las palabras de
Uslar Pietri fueron desatendidas. Los gobiernos de la Cuarta República no sembraron
el petróleo, por el contrario, incrementaron la dependencia en el excremento. La renta petrolera jamás fue
utilizada para estimular la agricultura, repoblar e industrializar el
campo. Fue la antípoda; como lo advirtió
el intelectual, el pueblo venezolano se convirtió en “parásito” de un producto
finito, que sólo tenemos gracias a la
bondad de Dios.
La gente del campo no obtuvo mejoras
en su calidad de vida, y las alternativas para optimizar sus estándares se
ubicaron en Caracas. La capital recibió
venezolanos desde los cuatro puntos cardinales de la nación y el crecimiento de
los cinturones de miseria fue paralelo. Con ello, polución, sobrepoblación,
delincuencia, deterioro generalizado y paulatino de los servicios.
Asimismo, el desarrollo económico
del interior del país se limitó. La
agricultura y la ganadería jamás tuvieron un desarrollo paralelo al de la
producción petrolera.
Aparentemente, este desenfoque
fue intencional, ya que nunca hubo voluntad política para traducir la renta
petrolera en un verdadero desarrollo económico-sistémico. Los gobiernos de
turno sólo se interesaban en mantener el poder a través de sucias “estrategias
políticas”. El populismo y clientelismo estuvieron a la orden del día al igual
que la corrupción, mientras tanto, la ignorancia crecía entre miles de
venezolanos. El axioma básico de mantener a la masa embrutecida para su fácil
control se hizo patente. La propaganda y las promesas absurdas eran escuchadas
con atención en el campo (casualmente, los antiguos estados bastiones de Acción
Democrática ahora son chavistas).
Esta terrible situación se agravó
con la llegada de Chávez en 1998. Actualmente, bajo el mandato inconstitucional
de unos cuatreros políticos, el precio
del petróleo venezolano es de 108,75 dólares por barril. Vivimos la bonanza
petrolera más pródiga de nuestra historia, pero hay situaciones anexas e inherentes:
corrupción atroz, nuevos cinturones de miseria, devaluación de la moneda (que,
tomando en cuenta el valor oficial, ha perdido su valor más de mil veces en la
última generación). Además, los
venezolanos convivimos día a día con la escasez (20,4%), el racionamiento, deterioro integral de la infraestructura a
escala nacional (incluyendo el de la industria gasífera y petrolera – El Palito,
Amuay), delincuencia bestial (Caracas ocupa la tercera posición en la lista de ciudades
más peligrosas del mundo, mientras que Barquisimeto alcanzó el noveno lugar. Ciudad Guayana es la
número 20, Valencia la 31 y Maracaibo se ubica en la casilla 39 de la funesta
tabla). El hampa reina en las cárceles y la anomia es absolutamente
generalizada.
Obviamente, vivir en una nación
petrolera ha sacado a relucir lo peor de nosotros. No hemos sido lo
suficientemente inteligentes y responsables para manejar una riqueza que, más
temprano que tarde, llegará a su fin.
Hoy día la voluntad política para aprovechar esta bonanza en favor del pueblo es
nula. Es un círculo vicioso. Evidentemente, la ignorancia fue alimentada
durante muchísimos años y el conformismo, la desidia e indiferencia ahora son
las tablas de salvación en un triste contexto en el que apenas se sobrevive. Bajo este escenario dantesco, ¿aún tendremos
oportunidad de sembrar el petróleo?