domingo, 26 de febrero de 2012

NEO CULTURA

Un papá le dice a su pequeño hijo: bueno, si te dijo gordito, le respondes que no sea diablo, tú eres un malandro; ¡tú eres un pran!

Una muchacha le comenta a otro joven: Yeferson llegó a la maternidad hecho un demonio, él decía que el niño era suyo y hasta le quería dar unos tiros a Yonaikel, que estaba por llegar. Yo le dije que se quedara quieto, porque lo iban a enjaular otra vez.

En el metro, en los cines, en los autobuses, en todas partes, la violencia física o verbal es la protagonista. Es el ente que se introdujo en el ADN del venezolano común e invadió los cimientos sociales como una especie de enfermedad viral imparable. Esa es nuestra novedosa y lamentable cultura popular; el combustible y orgullo de nuestro Gobierno, tierra fértil para estafadores, oportunistas, desfasados, disociados y comunistas trasnochados. Nuestro día a día es la muerte, las pistolas, los tiros, las motos, el ron, las drogas, la inconsciencia, lo primitivo, todo en el marco obvio de los insultos y el mal hablar; el malandro o el pran es una especie de héroe cuya oscura figura impera como grandioso ejemplo para los niños y las mentes limitadas, que desconocen por completo su entorno. Sólo les interesa su básico microcosmos repleto de licor y violencia verbal o física, y por supuesto, lo que ocurre en las Grandes Ligas.

Pocos conversan sobre sus estudios o de sus logros laborales. Eventualmente alguien habla de lo que sucede culturalmente en el país o el mundo. La mayoría comenta el tiroteo del fin de semana, o cuenta con frialdad y detalle la tragedia de conocidos o vecinos. La tétrica curiosidad de algunos puede incluso concentrarse en conocer el número exacto de disparos que le metieron a fulanito o fulanita. Casi todos hablan de supervivencia y lo hacen de forma indiferente, anecdótica, simple y dramáticamente inconsciente.

La parca llegó para quedarse y ya forma parte de nuestra cotidianidad, de nuestra idiosincrasia. Ella es la estrella de los titulares de la prensa nacional. Por desgracia los venezolanos nos acostumbramos muy rápido a este horrible escenario social, tan rápido, que ya no parece incomodarnos. Al parecer nos deshumanizamos.

El hampa, el malandro, habita entre nosotros y con descaro lo halagamos. Es nuestro Aquiles. Es nuestro día a día; sencillamente la violencia física, verbal y mortal ya no impacta porque se hizo compañera permanente. La pareja de la sociedad.

Desgraciadamente la meta final establecida por el Gobierno fue alcanzada: hacer de Venezuela un rancho gigantesco en el que la ignorancia fuera la reina, la violencia el credo oficial y la mediocridad nuestro estilo de vida. Este espeluznante logro fue logrado gracias a nuestra indiferencia u omisión como sociedad consciente y a objetivos estratégicos previamente trazados y a la postre conquistados por los “paladines del socialismo”, tales como: neutralización del crecimiento de la clase media y hasta disminución de la misma; amplificación y soporte de la marginalidad mental y geográfica, transformación de muchos en serviles y pobres de espíritu, que sólo luchan para obtener migajas en la barbárica repartición de este lamentable pastel llamado Venezuela. En fin, es el culto a lo mediocre, a lo primitivo, a lo violento.

Quiero creer que pronto saldremos de esta horrible realidad, planificada desde las esferas más altas de esa desgracia histórica y nacional que nos manda (no gobierna, y mucho menos gerencia). Espero que la solución radique en la rápida y democrática sustitución de irresponsables mandatarios embriagados por las mieles del poder. Ojalá que gente capaz, preparada, con capacidad gerencial para darle un nuevo rumbo al país, logre vencer esa enfermedad viral de ilegalidad y violencia que ha infectado lo social desde lo más intrínseco; que se pueda desmontar ese ambiente casi delincuencial y libertino que subyace en comportamientos, actitudes y hasta formas de hablar de muchísimos (demasiados) venezolanos y que se sustentan en la impunidad y en el asombroso desconocimiento de la ley por parte de actores políticos del Gobierno. Estoy seguro que muchos de nosotros serviremos de plataforma para hacer realidad estos cambios, que de seguro, no serán sencillos y mucho menos inmediatos. No obstante, se trata de lograr plena reversión de esta horrible patología social, cueste lo que cueste.

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